Son las cuatro de la tarde. Acabas de terminar de
comer, recoges la mesa rápidamente y te dispones, como cada día, a tumbarte en
el sofá.
Primero empiezas a abrir la boca, que se ve inundada por la saliva que se te acumula. Cuando desborda, la baba se te cae por un lado de la cara y forma un río que acaba haciendo un charquito en el sofá. Puede que incluso se inicie el combate entre los rugidos del león y los tuyos: no puedes permitir que gane. Es entonces cuando roncas cada vez más fuerte, y las paredes tiemblan. Otro ronquido. Casi te tragas el techo. ¡Un ronquido más fuerte! La lámpara se mueve y los cristales vibran. ¡¡¡Aún más fuertes!!! Las bombillas revientan.
Y de repente, te despiertas entre los gritos
de la Esteban. Has debido acostarte encima del mando y la tele se
ha cambiado sola… Otro día más, no has podido rendirte al placer de dormir una
buena siesta.
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